Nos lo propuso el Presi el curso pasado, cuando acabábamos de empezar con los infantiles. A todos los implicados nos pareció bien y pensamos que a los chavales les haría ilusión; o sea que !adelante!.
Enseguida empezamos con las dudas de: "tenemos que buscar un tema bonito ...", " para poner una chabola como todo el mundo, no hacernos nada...". En eso a Andoni se le enciende la bombilla: ¿os parece un reloj de sol, que es original y además útil?. La ejecutiva aprueba por unanimidad y delega en Andoni, para que no se aburra, las fruslerías esas de buscar cómo tienen que ir las rayas en función de la latitud del punto de colocación del reloj (mucho internet y hablar con alguien de Aranzadi) y convencer a un herrero para que haga el susodicho, sobre unos planos que, no es por sacar faltas, no eran precisamente de delineante. Total, que lo tuvimos todo el verano entretenido (entre colada y colada diseñaba un trozo), y en septiembre ya tenía todo negociado con el herrero.
Paralelamente, convencidos de que podíamos prometer, lo hacemos sin vacilación y marcamos en el calendario 2001/2002 de la sección el 24 de Marzo como excursión de colocación del buzón. Claro, que llega el mes de Marzo y hay que pensar en subir al monte y preparar el terreno para el día de autos, ponernos de acuerdo no es tarea fácil: "yo trabajo el segundo fin de semana...", "yo tengo comida familiar el tercer fin de semana...", "yo tengo salida de esquí el quinto fin de semana..." "y yo una boda ". Haciendo un hueco en nuestras atareadas agendas, allí nos vamos Carlos y yo con el cemento, las paletas y demás útiles de albañilería montañera. Justo en el momento de llegar a la cima, empieza a llover, que no es la mejor situación para que seque la masa, pero al cabo de un rato escampa y, manos a la obra, con paleta y palangana hacemos una base de forma que el día de la excursión sólo quede el trabajo de colocación final. Y a rezar para que haga bueno.
Llegado el día de autos, los vientos climatológicos nos son propicios y sale un día de bandera. Excursión llena, como siempre, y algunos chavales que se quedan sin sitio. Vamos con las mochilas cargadas de buzón (que pesa un hu ... ), cemento, arena, paletas... y la brújula para orientar el reloj. Bajamos del puerto de Lizarrusti hacia la curva de la fábrica de Elkorri, y por el camino viejo de Igaratza subimos hasta coger la desviación que por el valle de Txortxorre nos lleva al collado de Iraioko Zelaia desde el cual accedemos a la cima de Alleku por una cresta boscosa.
Una vez aquí, tratamos de que la chavalería se ponga a comer para dejarnos tranquilos, pero ni hablar: si hacer la masa en condiciones normales de aislamiento es ya una heroicidad para todos nosotros que no sabemos lo que es el trabajo manual (os podéis figurar la soltura que tenemos con la paleta), no digamos si a la situación anterior añadimos unos cuarenta chavales metiendo el morro, las manos y los pies por todos lados (como los jubilados en las obras pero con diez años de edad). En medio de la faena, recibimos llamada de Txema desde los desiertos almerienses interesándose por la operación.
"El buzón no se toca! ¡Hay que dejar secar la masa!" "¿Cuánto tiempo?". "¡Ahora todos a comer!". "Yo no tengo hambre, ¿se puede abrir el cajoncito?", etc... Así durante unas dos horas.
Esperamos con impaciencia el reportaje fotográfico de la prensa especializada destacada para la ocasión. Tras hacernos varias fotos de familia y seguir discutiendo con los chavales para evitar que arrancasen el reloj de su sitio (hubiéramos necesitado un escuadrón de las SS en sus mejores tiempos) y para que no molestasen al hacer fotos decidimos empezar a bajar hacia Lizarrusti pensando en la tranquilidad de un café dentro del bar, nosotros solitos sin moscones alrededor.
Esperemos que, dentro de unos cuantos años, alguno de estos chavales se acerque por Alleku para ver su buzón.
¡Ah! El reloj de sol marca la hora de manera aceptable, es decir con un error tolerable, pero que nadie pretenda obtener con él una precisión de minutos.