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Octubre 1963: J. Ayestaran, Juan Laredo, Angel Rosen y Julio Villar en Cabaña Verónica
Octubre 1963: J. Ayestaran, Juan Laredo, Angel Rosen y Julio Villar en Cabaña Verónica
Fascinados por la belleza de la Alta Montaña, atraídos por una inclinación a la dificultad y, ¡por qué no decirlo!, al no siempre previsible riesgo, se venía pensando desde hacía tiempo en la necesidad de aglutinar en un GAM a quienes, por libre, nos movíamos por el mundo de las altas cumbres.
En la circular de En una circular de noviembre de aquel año se decía: “Recientemente se ha formado un Grupo que espera la adhesión de los socios que se sientan atraídos por la montaña difícil”. La llamada, bien es verdad, no tuvo gran resonancia. Éramos pocos los que a la sazón mostrábamos una decidida querencia hacia cuerdas, clavijas y mosquetones. Nos conocíamos todos.
Muchos de nosotros éramos ya por aquel entonces seguidores del ideario de Saint Exupéry, a quien leíamos con fruición. “El hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo”, escribía el aviador y pensador francés. Y comulgábamos plenamente con éste y otros de sus muchos pensamientos. Pero también devorábamos los libros de montaña que por aquellas fechas había comenzado a publicar la Editorial Juventud: Whymper, Shipton, Gos, Rébuffat, Heckmair, Magnone, Saint Loup, Herzog, Hunt...
En montaña, siempre que podíamos vivaqueábamos bajo las estrellas, o buscábamos los cobijos naturales que nos brindaba la Naturaleza: “Villa Meillon” en el Vignemale, los abrigos de Aigualluts, los del lago de Barrancs, los de Literola o los de los lagos superiores de Coronas son claros ejemplos de ello. En Gavarnie dormíamos en el pajar de La Bergerie, una entrañable cabaña junto al río, bajo corpulentos árboles, con los Astazús y el couloir Swan en todo lo alto. “No fuméis”, nos pedía preocupada la señora cuando nos retirábamos a descansar al pajar.

Agosto 1972 Alfonso Alonso en la cumbre de la Torre de Liordes (Picos de Europa). Por aquellos años comenzamos a visitar el monumento a Russell erigido a la entrada de Gavarnie. O nos adentrábamos en sus cuevas del Vignemale. O buscábamos la tumba de Celestine Passet, el guía más ilustre del pirineísmo heroico. En Lourdes subíamos al Château Fort para visitar el Museo Pirenaico. En Pau nos acercábamos hasta la Imprimerie Marrimpouey tras los libros de los hermanos Cadier, o de Russell, o de Jean Arlaud...

<-- Agosto 1972
Alfonso Alonso en la cumbre de la Torre de Liordes
(Picos de Europa).

Por cierto, ¡entrañables historias las de Russell!: la torre de dos metros que dejara erigir en la cumbre de la Pique Longue para que ésta alcanzara los 3.300 metros de altitud, torreta que poco después derribaría la tormenta y que provocaría de Russell el siguiente comentario: “Frágiles coronas que caen incluso más fácilmente que las de los reyes”; o los doscientos kilos de paja acarreados hasta las grutas de Bellevue, y cincuenta hasta la de Paradis, para así recibir Russell a sus ilustres visitantes y poderles ofrecer un mejor dormir (aunque a él todos estos lujos le sobraban); y sus treinta y tres ascensiones al Vignemale; y sus más de cien noches pasadas allá arriba disfrutando de la noche pirenaica; y su utilización de la dinamita para construir la cueva de Paradis, la “reina de sus siete grutas”, ubicada a sólo veinte metros bajo la mismísima cumbre de la Pique Longue, porque las de Bellevue, situadas a 2.400 m., le parecían estar “al nivel de la llanura”.
Aceptamos e introdujimos a la mujer en el mundo de la Alta Montaña. Y serían escaladoras de nuestro Club las primeras mujeres vascas en adentrarse en los Séracs del Petit Vignemale, en superar el Couloir de Gaube, en surcar la Norte de la Pique Longue, el espolón Norte del Petit Vignemale, atravesar la Cresta del Diablo, escalar la Norte del Perdido, la Aguja de los Glaciares, la Arista del Astazú... ascensiones todas ellas de importancia, entonces y ahora, cuarenta años después.
En marzo del 63 publicamos “RIMAYA”, “El esfuerzo, cuando va envuelto en ilusión y tenacidad, es capaz de mucho” nos escribió, a modo de presentación, nuestro querido Presidente Perico Elcoro, un hombre en el que encontramos toda clase de comprensión y apoyo.
Julio 1961 J.Ayestaran en los Seracs del Petit Vignemale Para la revista elegimos como nombre “RIMAYA”. Este término simbolizaba para nosotros la Alta Montaña, esa conjunción entre el glaciar y la roca, ese casi siempre delicado y mágico lugar donde, abandonando el hielo, tiene uno que tomar contacto con la pared. ¿Saldremos por la cumbre? ¿Nos veremos obligados a emprender la retirada? Eran momentos de vacilación, de estudiar de cerca la pared buscando sus puntos débiles, después de un vivac en el que no habíamos podido pegar ojo. Pero había que entrar, en aras de conseguir una paz interna provisional, que no definitiva, pues, o se cumplía el sueño o éste se rompía en mil pedazos.

Julio 1961 -->
J. Ayestaran en los Seracs del Petit Vignemale.


El eco que encontró la revista fue de lo más gratificante. Nos llovieron cartas de todos los rincones de la Península, se publicaron elogiosas reseñas en la prensa local, en la bilbaína y hasta en la madrileña. ¡Qué más podíamos desear! Claro que las exigencias de entonces eran sensiblemente menores a las de hoy en día. El listón estaba bajo. Todo hay que decirlo. A cada cual, lo suyo.
Releyendo ahora el primer número de “Rimaya” me encuentro con las líneas que de su puño y letra me dedicara a la sazón Julio Villar: “Querido Suso: Creo que los mejores momentos de mis primeros 19 años los he pasado contigo, y espero que antes de cinco años podamos decir lo mismo en una cumbre lejana y desconocida”. Una entrañable y halagadora dedicatoria de juventud que no llegaría a realizarse, pues el destino, a algunos de nosotros terminaría llevándonos por otros derroteros. Una mujer, un trabajo, la mar, pueden también perfeccionar el rumbo de una vida.
Fue, en definitiva, una época rica en proyectos, actividades llevadas a buen término, acorde con lo que debe ser la etapa de la juventud. Contamos también con el refuerzo de Alfonso Alonso, recién llegado desde su natal Cosgaya en los Picos de Europa, y que se quedaría casi tres décadas entre nosotros, dejando, por su caballerosidad y buenhacer, inolvidable recuerdo. ¿Quién no se ha pasado por su casa de Cosgaya o beneficiado de su sabiduría de los Picos?

Junio 1964 Uli Hasse en la cima de Soulano con Blanco y Goñi
Junio 1964 Uli Hasse en la cima de Soulano con Blanco y Goñi
Pero, como todo en este mundo, también al Grupo le llegó su fin, aunque prematuro. Se deshizo a mediados del 66, de la misma forma que se creó, sin traumas, sin desgarros, casi sin darnos cuenta de ello, absorbidos todos por el torbellino de la vida que empujaba en múltiples direcciones, un Grupo en el que en todo momento reinó la concordia y el más puro idealismo. Y cada quien continuó su camino, allá por donde la vida mandaba. Atrás quedaban la Oeste del Naranjo, la Oeste del Dru, la Norte del Pitón Carré, la Sur del Tozal del Mallo, el Couloir de Gaube, la N.E. del Cilindro de Marboré, la Sur de Horcados Rojos, la S.E. a la Punta Jean Santé, la Alta Ruta Alpina Chamonix-Zermat, y tantas y tantas más.
Sin embargo, todos seguimos haciendo montaña y escalando, porque la Montaña, esa provocadora de sueños, no fue para nosotros una cuestión accidental o temporal, sino una querencia profundamente arraigada. Yo siempre dije —lo mantengo hoy— que la Montaña en su amplia acepción, al igual que la Mar, no son deportes, sino cosas mucho más profundas, y que ambas, frecuentadas con asiduidad, suelen llegar a marcar decisivamente el rumbo de muchas vidas. Pero no nos desviemos en elucubraciones y afirmaciones que nos llevarían muy lejos y que pudieran además herir la sensibilidad de algunos. A la Montaña, para simplificar, bien podríamos catalogarla como el reino de los sueños y de las libertades donde no hay más árbitro que el de la propia conciencia. Y tanto la Primera Expedición Vasca a los Andes del Perú como más tarde la del Everest contarían con gente del Club. Y también, con el correr de los años, estuvimos en el Kilimanjaro, y en el Hoggar, y en el Alto Atlas, y en el Aconcagua, y en los Condoriris, y en el McKinley... No sé si fuimos/somos montañeros de raza, pero sí de corazón.
En la primavera de este año, en Niza, en la Feria de Viejo que todos los lunes allí se celebra y a las que los franceses son tan aficionados, encontré, en uno de los stands, un ejemplar de la primera edición del libro de Gastón Rébuffat “Etoiles et Tempètes”. Lo compré. Guardaba en casa, de mi época de juventud, este mismo libro publicado en castellano. Tenía curiosidad por comparar las dos ediciones. Esto de “releer” y de “pasar” de literaturas modernas es síntoma claro de vejez.
Releía, pues, días pasados y cotejaba los mencionados ejemplares. Siempre me gustó Rébuffat, por el enfoque exquisito que hace de la Montaña, por su sentido de la amistad, por la manera en que supo enfocar su profesión de guía, por su sensibilidad, por su poesía... En el relato que el desaparecido escalador francés dedica al Espolón Walker de las Grandes Jorasses, en sus frases finales juega con este pensamiento: “De este modo, las grandes alegrías de nuestra vida nacen de nuestros sueños. Los sueños son siempre necesarios. Los prefiero a los recuerdos”.
Y tiene razón Rébuffat. Una juventud que no sueña es una juventud triste y aburrida. Una juventud que no planea es una juventud conformista, tronchada por la abulia y destinada a vegetar. La juventud es la época de dejar volar la imaginación, de urdir planes, de arriesgar, e incluso, si el Destino así lo exige, de saber perder con deportividad. No ocurre lo mismo en la vejez. Entonces la vida está por detrás, el futuro ya no existe, y lo que se hace es recordar. No es cuestión de preferencias, sino de edades. Se sueña porque se es joven, se recuerda porque se es viejo, y al final sólo vales lo que valen tus recuerdos; si amargos y no sabes superarlos, pueden, como un ácido, llegar a corroer tu corazón; si dulces, pueden serenar tu espíritu y hacerte más llevadero el último tramo de la existencia. ¿Y qué es la nostalgia sino el dulce dolor que se siente por aquello que fue bello y que se ha perdido o que se está a punto de perder irremediablemente para siempre?
Y el que esto escribe, que si de momento no es del todo viejo sí va camino de muy pronto serlo, y que es sobre todo un sentimental, se levanta de su escritorio, se encamina hacia el armario-biblioteca, echa mano a los vetustos álbumes de fotos allí apilados, los abre y, con profunda nostalgia pero también con una gran serenidad, comienza a ojearlos y a rememorar. Y a medida que van pasando las fotos y que van fluyendo los recuerdos, se dice para sus adentros: ¡Sí, realizar los sueños, lo más alto a lo que podemos aspirar!
ERRIMAIA / nº 51 / 2000
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